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¿La acción humana es siempre racional?: Sobre Mises, pleonasmos y la crítica al postulado de racionalidad en “Economía para Herejes”

En el capítulo 1 de mi libro Economía para Herejes: Desnudando los Mitos de la Economía Ortodoxa realizo una crítica detallada, desde varias perspectivas, al postulado de racionalidad de la economía ortodoxa. Como explico claramente allí, por “economía ortodoxa” me refiero fundamentalmente a la economía neoclásica, aquella que se enseña sin más como “teoría económica” en las facultades de Economía de prácticamente todo el mundo. Sin embargo, cuando resulta interesante y/o pertinente, incluyo planteamientos de autores no neoclásicos entre lo que voy a criticar. Este fue el caso con el economista austríaco Ludwig von Mises en el mencionado capítulo.

Ahora bien, resulta que hay liberales afines a las ideas de Mises (o incluso creyentes de las mismas en un sentido no meramente metafórico de la palabra) que aducen que las críticas al postulado de racionalidad que hago en mi libro solo afectarían a la formulación neoclásica pero no afectarían de ningún modo a la formulación praxeológica de Mises. Veamos si tal crítica es válida.

Para comenzar, como respuesta general, he de decir lo siguiente: por supuesto que la visión neoclásica y austríaca de la racionalidad de los agentes económicos no es la misma (ello no es ninguna novedad), pero de allí no se sigue necesariamente que ninguna de las críticas a la visión de racionalidad de la economía ortodoxa afecte, de algún u otro modo, a la visión austríaca. O sea, de que no todas las críticas al postulado de racionalidad neoclásico afecten al enfoque austríaco no se sigue que no le afecte ninguna, sea directa o indirectamente.

Ahora, veamos puntos específicos. “La acción humana es siempre racional”: he ahí la cita de Mises que hago al inicio del capítulo 1 de Economía para Herejes. Por ahí se hizo la acusación de que la cita era falsa. Pero resulta que la cita existe: se halla en La Acción Humana, obra de Mises que es prácticamente una “Biblia” del liberalismo (1). Dado ello, se adujo que la cita estaba sacada de contexto siendo que en realidad Mises postulaba todo lo contrario por cuanto pasaba a criticar esa frase justo en la oración siguiente. Y eso es cierto: Mises critica esa misma frase justo en la oración siguiente. “¡Pero, Dante, entonces no hay alternativa: habrías estado atribuyendo a Mises todo lo contrario de lo que él decía!”, se pensará. Pero, momentito, paciencia, aquí viene lo interesante. ¿Por qué exactamente Mises criticaba la frase? Dejemos que él lo diga: “La acción humana es siempre racional. El hablar de ´acción racional´ supone incurrir en evidente pleonasmo y, por tanto, debe rechazarse tal expresión” (2).

“Pero, Dante, ¡la está criticando como ´pleonasmo´ y dice que debe rechazarse!, ¡es obvio que está en contra!”, dirá alguno. Respondo: “Un momentito, ¿sabes qué es un pleonasmo?”. Un pleonasmo es una “redundancia innecesaria con las palabras” (de hecho, esta misma frase es un pleonasmo), es como decir “ciego invidente” o “círculo circular”. Pues bien, entendido esto, tenemos que el criticar una frase por ser un “pleonasmo” ¡sería la forma más absoluta posible de estar de acuerdo con el contenido de esa frase! Por ejemplo, si critico la frase “círculo circular” por ser un pleonasmo lo que estoy haciendo es afirmar del modo más absoluto que un círculo siempre y necesariamente es circular. Lo que se critica en la frase, por tanto, es la mera formulación, no el fondo (más bien a este se lo afirma tajantemente). En consecuencia, lejos de estar en desacuerdo, Mises estaría de acuerdo con la idea de “acción racional” del modo más absoluto posible.

No obstante, alguno podría replicar que si seguimos con la misma cita de Mises encontramos que inmediatamente después él dice que “los términos racional e irracional no son apropiados y carecen de sentido”, con lo cual se estaría posicionando como crítico del postulado de racionalidad. Sin embargo, si ampliamos la cita, todo se aclara. Escribe Mises: “Aplicados a los fines últimos de la acción, los términos racional e irracional no son apropiados y carecen de sentido. El fin último de la acción siempre es la satisfacción de algún deseo del hombre actuante. Puesto que nadie puede reemplazar los juicios de valoración del sujeto en acción por los propios, vano resulta enjuiciar los anhelos y las voliciones de los demás. Nadie está calificado para decidir qué hará a otro más o menos feliz” (2). Si sabemos leer, nos daremos cuenta de que Mises no está aquí negando que la acción humana sea racional en sí misma, sino que lo que dice es que no cabe que nosotros apliquemos las categorías de “racional” e “irracional” a sus fines. Esto es inescapable pues el conjunto de la cita comienza con la cláusula “Aplicados a los fines últimos de la acción…”.

Pero, entonces, si Mises rechaza la categoría de “racionalidad” para evaluar fines, ¿dónde la incorpora en la acción humana?, ¿al final de cuentas está a favor o en contra? La distinción es la clave para eliminar la confusión: Mises rechaza el que se aplique la categoría de “racionalidad” a los fines de la acción, pero postula que aplica absolutamente a la utilización de los medios para lograr esos fines. En eso precisamente consiste su “praxeología”: “La praxeología trata de los medios y sistemas adoptados para la consecución de los fines últimos. Su objeto de estudio son los medios, no los fines” (3).

Y es así como se concilia fácilmente el hecho de que Mises considere la frase “acción racional” como pleonasmo (con lo cual estaría afirmando absolutamente su contenido) y al mismo tiempo diga que la categoría de “racionalidad” no debe aplicarse a los fines de la acción: lo que Mises hace es postular la racionalidad de la acción humana en la gestión de los medios. Y esta racionalidad se daría incluso si no se producen los resultados esperados y/o se procesa la información equivocada. Escribe Mises: “Los médicos, cien años atrás, para el tratamiento del cáncer empleaban métodos que los profesionales contemporáneos rechazarían, carecían, desde el punto de vista de la patología actual, de conocimiento suficiente y, por tanto, su actuación resultaba baldía. Ahora bien, no procedían irracionalmente; hacían lo que creían más conveniente. Es probable que dentro de cien años los futuros galenos dispongan de mejores métodos para tratar dicha enfermedad; en tal caso, serán más eficientes que nuestros médicos, pero no más racionales” (4). Así que claramente lo vemos aplicando la categoría de “racionalidad” a las formas de utilización de medios.

Ahora bien, esta distinción de medios y fines respecto de la racionalidad no es algo que yo esté inventando aquí como “escapatoria ad hoc” sino que ya la había apuntado en el capítulo 1 de Economía para Herejes cuando decía que el concepto de racionalidad en discusión “no es teleológico o de contenido, sino más bien instrumental. En otras palabras, tiene que ver más con la eficiente administración de los medios que con la racionalidad y/o pertinencia de los fines” (5).

Pero, entonces, ¿afectan las críticas del postulado de racionalidad en el capítulo 1 de Economía para Herejes a la visión de Mises y los austríacos? Algo como la crítica a la “función de utilidad”, por supuesto, no le afectaría dado que pertenece específicamente al esquema neoclásico y, de hecho, los economistas austríacos rechazan la matematización de la economía. Sin embargo, sí le afectarían las críticas desde la economía conductual, la economía experimental y la neuroeconomía en el sentido de que han fehacientemente demostrado que no es simplemente que podamos tener errores de decisión solo por tener información incompleta, sino que, dados nuestros sesgos cognitivos y condicionantes neurobiológicos, nos equivocamos numerosas veces incluso cuando disponemos de toda la información relevante y de un modo tal que no somos conscientes de ello. Así que en este punto no se trata de que estemos criticando los fines como “irracionales” sino que más bien incidimos en que hay varios problemas con la forma en que los agentes económicos administran sus medios.

Una escapatoria sería decir que, de acuerdo a la praxeología, no caerían dentro de la “acción humana” actos que estén influidos o condicionados por factores psíquicos o biológicos fuera de nuestro control. Y se podría citar a Mises: “Lo opuesto a la acción humana no es la conducta irracional, sino la refleja reacción de nuestros órganos corporales al estímulo externo, reacción que no puede ser controlada a voluntad” (6). Sin embargo, tal respuesta tiene varios problemas. En primer lugar, ¿se piensa acaso que los sesgos cognitivos de nuestra psicología son como “reacciones reflejas” de nuestro organismo como cuando cerramos los ojos al estornudar? Si se responde que sí la consecuencia sería que ¡no quedaría prácticamente ninguna “acción humana”! pues la Encyclopedia of Human Behavior define a los sesgos cognitivos como “errores sistemáticos en el juicio y proceso de decisión comunes a todos los seres humanos” (7). Y si se dice que no, entonces los sesgos cognitivos sí serían parte de la acción humana y se volvería a plantear la crítica.

De otro lado, resulta que Mises postula que “los asertos de la praxeología y de la economía resultan válidos para todo tipo de acción humana” (8). “Todo tipo” no da lugar a excepciones y ya vimos que de acuerdo a Mises “acción racional” es tan pero tan válido que decirlo así sería como decir “círculo circular”. Pero resulta que tenemos los problemas planteados con sólida, variada y numerosa evidencia empírica por la economía conductual, la economía experimental y la neuroeconomía.

Frente a ello, el economista austríaco podría todavía refugiarse en su apriorismo metodológico y decir que no se plantearía ningún problema para su visión porque su definición axiomática de “acción racional” sería simplemente acción consciente de utilización de medios para lograr fines, entendiéndose que el hombre es un ser racional por cuanto “ordena su conducta con racional deliberación” (9), y los problemas planteados por los mencionados paradigmas apelarían a factores no conscientes. Pero, ¿por qué tenemos que aceptar la definición de que “acción humana” es única y exclusivamente aquella que es del todo consciente? Por supuesto, los seres humanos tenemos las cualidades de conciencia y libre albedrío y las mismas están implicadas en nuestras acciones (sean económicas o de otra índole), ¡pero de ello no se sigue que en esas mismas acciones no puedan estar presentes al mismo tiempo factores no conscientes y/o condicionantes! La conciencia y el libre albedrío existen absolutamente en nosotros como cualidades, pero no operan de modo absoluto por el simple hecho de que no somos Dios ni seres espirituales puros. Somos una unidad sustancial de cuerpo y espíritu y ambas dimensiones se ven inextricablemente ligadas en todos nuestros actos. Así que si solo podemos hablar de “acción humana” allí donde hay intencionalidad libre pura ¡no quedaría ninguna -o prácticamente ninguna- “acción humana” en el mundo real!

Como ejercicio ilustrativo pasaremos a mostrar brevemente cómo los hallazgos de la neuroeconomía ponen claramente en jaque las afirmaciones de Mises a este respecto. Resulta que Mises pretende que se puede disociar clara e inequívocamente la praxeología (estudio de la acción humana) de la psicología (estudio de los fenómenos mentales que dan lugar a determinadas acciones) apelando a que “la demarcación entre consciencia e inconsciencia resulta clara, pudiendo ser trazada la raya entre uno y otro mundo de modo tajante” (10), y asimismo aduce que no habría “cruce” entre ambas áreas pues “el racionalismo, la praxeología y la economía, en verdad, no se ocupan de los resortes que inducen a actuar” siendo que “por insondables que sean los abismos de los que emergen los instintos y los impulsos, los medios a que el hombre apela para satisfacerlos son fruto de consideraciones racionales que ponderan el costo, por un lado, y el resultado alcanzado, por otro” (11).

Pero no. Mises se equivoca. No es cierto que se pueda “trazar de modo tajante” la demarcación entre consciencia e inconsciencia en la acción humana, sino que, en realidad, incluso en lo que son solo nuestros actos conscientes se hallan inextricablemente ligados factores inconscientes. Y no es que tales factores únicamente se reduzcan a configurar motivaciones (“los instintos y los impulsos (…) que inducen a actuar”) a partir de las cuales se aplicará el proceso de deliberación consciente (“consideraciones racionales que ponderan el costo, por un lado, y el resultado alcanzado, por otro”), como pretende Mises, sino que estos factores inconscientes influyen el proceso mismo de deliberación ¡o incluso pueden desplazarlo en gran parte! (esto no implica ninguna negación de la cualidad ontológica de libre albedrío sino solo el reconocimiento de que la operación del mismo en el ser humano no es absoluta). Este es precisamente el punto que ha establecido la neuroeconomía. Como muestra, citamos a tres “íconos” de este enfoque: Camerer, Loewenstein y Prelec. Ellos escriben: “Mientras no niega que la deliberación es parte del proceso humano de decisión, la neurociencia apunta dos inadecuaciones genéricas de este enfoque (…). Primero, gran parte del cerebro implementa procesos ´automáticos´, los cuales son más rápidos que las deliberaciones conscientes y ocurren con poca o ninguna consciencia o sentimiento de esfuerzo (…). Segundo, nuestro comportamiento está fuertemente influenciado por sistemas afectivos (emocionales) finamente calibrados cuyo diseño básico es común a los seres humanos y a muchos animales (…). Estos sistemas son esenciales para el funcionamiento cotidiano, y, cuando son (…) perturbados por (…) ´el calor del momento´, el sistema lógico-deliberativo -incluso si está completamente intacto- no puede regular el comportamiento apropiadamente. Así, el comportamiento humano requiere de una interacción continua entre procesos controlados y automáticos (…). No obstante, muchos comportamientos que surgen de esta interacción son rutinaria y falsamente interpretados como siendo producto de la sola deliberación cognitiva” (12). He ahí el error de Mises.

Por tanto, queda claro que la visión austríaca, al postular una noción de “racionalidad” que signifique todo o prácticamente todo (de ahí lo de “pleonasmo”), termina en una situación en que, para el mundo real, termina significando nada o prácticamente nada. De este modo, si en acciones económicas reales de seres humanos (compra, venta, inversión, etc.) podemos mostrar cada vez más y más -vía diversos enfoques de economía- que no se dan las cosas tal como dice la economía austríaca, lo que queda es cada vez menos y menos de alcance de la misma hasta quedar con ninguna o prácticamente ninguna relevancia empírica. Pues bien, ¿qué es eso sino una crítica: mostrar que la supuesta “verdad” de un enfoque no aplica al mundo real? Así, resulta que en gran parte nuestras críticas al postulado neoclásico de racionalidad arrinconan, por implicancia en la realidad, tanto al postulado austríaco que terminan “sacándolo de este mundo”.

Por supuesto, el teórico austríaco, desde su apriorismo metodológico, podría pedir que critiquemos no desde el mundo real sino única y exclusivamente desde las propias premisas de su teoría. Pero eso sería tanto como pedirnos ¡mostrar que una teoría no es verdadera solo bajo el escenario en que es verdadera! En ciencia, la consistencia interna es condición necesaria pero no suficiente. Recuérdese que toda teoría científica tiene que responder ante no uno sino dos tribunales: el de la lógica y el de la realidad empírica. Los austríacos pueden, con su praxeología, armar un “juego de la catalaxia” mental en el que todo es perfectamente consistente a nivel lógico construyéndose a partir de las solas acciones puramente libres y del todo deliberadas de los agentes. En tal mundo el absoluto libre mercado desregulado podría dar lugar, vía “orden espontáneo”, a un sistema económico perfecto en que, como diría Mises, “solo existen personas que consciente y deliberadamente se proponen alcanzar objetivos específicos” (13). ¡Genial! Solo hay un “pequeño problema”: ese mundo sería un mundo ideal, jamás nuestro mundo real. Y es que en el mundo real factores inconscientes influyen sistemáticamente nuestras decisiones y pueden, de hecho, ser manipulados (es más: ¡actualmente ya son manipulados por las empresas en el “juego de mercado” vía sofisticadas técnicas de neuromarketing!). Pues bien, se entenderá que los auténticos científicos están más interesados en la comprensión del mundo real que en la “liberalandia” de Mises…

Referencias:

1. Ludwig von Mises, La Acción Humana, Unión Editorial, Madrid, 1980, pp. 45-46.

2. Ludwig von Mises, La Acción Humana, op. cit., p. 46.

3. Ludwig von Mises, Ibídem, p. 49.

4. Ludwig von Mises, Ibíd., p. 48.

5. Dante A. Urbina, Economía para Herejes: Desnudando los Mitos de la Economía Ortodoxa, Ed. CreateSpace, Charleston, 2015, p. 18.

6. Ludwig von Mises, La Acción Humana, Unión Editorial, Madrid, 1980, p. 48.

7. A. Wilke and R. Mata, “Cognitive Bias”, en: V. S. Ramachandran ed.,The Encyclopedia of Human Behavior, Academic Press, New York, 2012, vol. 1, p. 531.

8. Ludwig von Mises, La Acción Humana, Unión Editorial, Madrid, 1980, p. 49.

9. Ludwig von Mises, op. cit., p. 269.

10. Ludwig von Mises, Ibídem, p. 35.

11. Ludwig von Mises, Ibíd., p. 42.

12. Colin Camerer, George Loewenstein, and Drazen Prelec, “Neuroeconomics: How neuroscience can inform economics”,Journal of Economic Literature,vol. 43, nº 1, 2005, pp. 10-11.

13. Ludwig von Mises, La Acción Humana, Unión Editorial, Madrid, 1980, p. 478.