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La paradoja de la omnipotencia: Aprovechando una objeción burda para dar lugar a una comprensión más profunda

Pregunta

“Hola, Dante. Soy creyente y estuve leyendo sobre la llamada ´paradoja de la omnipotencia´ (aquella de ‘¿Podría Dios crear una piedra tan pesada que ni siquiera Él mismo pudiera levantar?’) y he visto varias refutaciones teístas a la misma. Sin embargo, también he encontrado cuestionamientos ateos a esas refutaciones teístas y me gustaría conocer tu comentario al respecto. Los cuestionamientos son básicamente los siguientes:

1) La apelación teísta de que la omnipotencia significa no que Dios puede hacerlo todo sino que puede hacer todo lo que es lógicamente posible es una redefinición arbitraria del término para escapar a la paradoja y, por tanto, implica una falacia de hipótesis ad hoc.

2) Sea que se apele a esa redefinición o a decir que la omnipotencia de Dios consiste en que puede hacer todo lo que no atente contra su propia naturaleza, la escapatoria resulta nula pues así también se podría decir que todos nosotros somos omnipotentes porque ninguno de nosotros puede hacer algo lógicamente imposible ni actuar contra su propia naturaleza.

3) Pero incluso si se aceptase la redefinición como válida el problema no quedaría resuelto pues el crear algo tan grande que ni uno mismo pueda levantarlo no es algo lógicamente imposible. Todo lo contrario: es algo que podemos ver en nuestra experiencia cotidiana (uno, por ejemplo, puede construir una casa que, obviamente, no será capaz de levantar).

4) No es válido apelar al concepto mismo de omnipotencia para resolver la paradoja pues ello implicaría caer en una tautología. La omnipotencia debe ser probada antes que supuesta”.

PT – Perú

Respuesta de Dante A. Urbina

Excelente. Desde ya felicito tu actitud de creyente intelectualmente honesto y sincero, la cual se evidencia en que has profundizado este tema y buscas un entendimiento sólido y claro al respecto. Efectivamente, la llamada “paradoja de la omnipotencia” se suele formular como “¿Podría Dios crear una piedra tan pesada que ni siquiera Él mismo pudiera levantar?” y con ella se intenta probar la no-existencia de Dios (al menos tal como lo define el teísmo clásico) apelando a que es imposible la existencia de un ser omnipotente pues, siguiendo con el ejemplo, si puede crear la piedra, ya no sería omnipotente al no poder levantarla, y, si no la puede crear, ya no sería omnipotente al no poder crear algo. En mi libro ¿Dios existe?: El libro que todo creyente deberá (y todo ateo temerá) leer ya he dado refutación directa a ese pretendido argumento contra la existencia de Dios, así que aquí me limitaré a citar el párrafo de conclusión respectivo: “Hay que decir que todo el ´argumento´ de la Omnipotencia se constituye como una falacia de blanco móvil ya que parte de un concepto de Omnipotencia que no es el teísta. En consecuencia, la pretendida paradoja de la Omnipotencia (con todo y el ejemplo de la roca) no es más que una falacia de falso dilema originada por el error anterior. Y es que, como ya es costumbre con los intentos ateos por refutar la existencia de Dios, una falacia lleva a la otra y se hunden cada vez más en una espiral de falacias…” (1).

Pues bien, dando esto por sobreentendido, pasaré interactuar con los puntos sobre los que solicitas mi comentario mostrando que esas que parecen objeciones más o menos inteligentes a primera vista, son en realidad bastante burdas. Entro en materia (seguiré el mismo orden y temática de los puntos presentados):

1) Bien, la clásica réplica atea de que los teístas estamos realizando una redefinición arbitraria del concepto de omnipotencia para escapar a la objeción. Mi respuesta: la acusación de que los teístas caemos en una falacia de hipótesis ad hoc a este respecto implica una falacia de hombre de paja y/o una falacia de premisa falsa o indemostrada por parte de los ateos. Y es que es simplemente mentira que aquí haya “redefinición” del concepto de omnipotencia. Por ejemplo, en mi mencionado libro defino, “sin darle mayores vueltas”, el referido concepto como “plenitud y totalidad del poder” (2). Como se puede ver, se trata de una definición bastante escueta ¡y en ningún momento requerí cambiarla luego para refutar la paradoja de la omnipotencia sino que explícitamente la usé para ello! Entonces se me dirá: “Bah, eso no cambia las cosas. Simplemente se trata de una definición que estás utilizando ahora, pero no es algo general del teísmo”. Pero resulta que ese tipo de definición, junto con la comprensión de que lo contradictorio no anula la omnipotencia divina puesto que simplemente no tiene ser en cuanto tal (por ejemplo, un “círculo cuadrado” no representa ningún tipo de “algo”), ¡es lo que se ha usado siempre en el teísmo clásico! Así que no se trata de un invento ad hoc. Y eso lo he mostrado en mi libro ¿Dios existe? citando específicamente para refutar la paradoja de la omnipotencia al famoso apologista C. S. Lewis (3). “Pero, Dante, ¡C. S. Lewis es recién del siglo XX!”, se dirá. Está bien, vayamos más atrás: también está la cita de Santo Tomás de Aquino que puse en la misma sección (4). “Pero, Dante, Santo Tomás de Aquino es del siglo XIII”, insistirá un inconsistente para quien el Aquinate resulta “muy antiguo” cuando se trata de valorar su pensamiento pero al mismo tiempo “muy reciente” cuando se trata de acusar a los teístas de “redefinición”. Bien, entonces vamos al siglo IV con San Agustín cuya cita reproduzco aquí como evidencia: “Dios no puede morir o equivocarse. Cierto que no lo puede, pero si lo pudiera su poder sería, naturalmente, más reducido. Así que muy bien está que llamemos Omnipotente a quien no puede morir ni equivocarse. (…) Si esto tuviera lugar, jamás sería Omnipotente. De ahí que algunas cosas no le son posibles, precisamente por ser Omnipotente” (5). Estando, pues, ya esta comprensión del concepto de omnipotencia presente en los más grandes representantes del teísmo clásico (Santo Tomás de Aquino y San Agustín) ¡resulta una total estolidez decir que se está haciendo una “redefinición”! “Lo que sea, pero esa supuesta comprensión más sofisticada de la omnipotencia es un invento posterior de esos filósofos pues no aparece en la Biblia. ¡Jaque mate, cristiano!”, insistirá un obstinado. Bueno, más allá del hecho de que la Biblia no es un manual de definiciones filosóficas, de modo que sería impertinente tratarla de ese modo; hay que decir en ese contexto que, como todo teísta cristiano sabe o debería saber, para interpretar correctamente la Biblia se la debe tomar en su conjunto y no en términos de pasajes aislados. Pues bien, dado ello, resulta que… ¡hay pasajes de la Biblia que muestran una comprensión de la omnipotencia divina que se corresponde perfectamente con la de Aquino y Agustín! Por ejemplo, en Hebreos 6:18 se menciona que “es imposible que Dios mienta”. “Bah, pero ese es el Nuevo Testamento, ¿por qué no usas el Antiguo si es que no hay redefinición alguna?”, podría insistir alguno frente a cuya testarudez uno ya no sabría si reír o llorar. Pero démosle gusto a este hipotético testarudo. En 1 Samuel 15:29 se explica que no cabe en Dios mentir ni arrepentirse “porque Él no es hombre para que cambie de propósito”. Y ahora el “golpe final”: la etimología. Si alguien nos acusa de redefinir arbitrariamente una palabra la mejor forma de refutarlo es yendo al origen mismo de esa palabra. Pues bien, la palabra “omnipotencia” viene del latín, específicamente de los vocablos omni, que significa “totalidad” o “todo”, y potens, que significa “poderoso” o “poder”. Ergo, definir la omnipotencia como “plenitud y totalidad del poder”, tal como aparece en mi libro, en lugar de un simplón “poder hacer cualquier cosa (incluyendo absurdos y tonterías)”, es lo más cercano al origen mismo de la palabra y dicha definición es consistente con la solución dada a la paradoja de la omnipotencia y con los pasajes bíblicos citados pues si Dios no puede mentir ni cambiar de propósito es precisamente porque si lo hiciera no estaría demostrando la plenitud y totalidad del poder sino más bien deficiencia de poder. Frente a estas evidencias, quien siga clamando “¡Redefinición ad hoc!” solo lo podría hacer por ignorancia o malicia.

2) Con la frase “todos nosotros somos omnipotentes porque ninguno de nosotros puede hacer algo lógicamente imposible ni actuar contra su propia naturaleza” se pretende hacer quedar en ridículo a la respuesta teísta a la paradoja de la omnipotencia, pero en realidad ¡lo único que queda en ridículo es tal réplica atea! Y es que hay que ser (¿cómo decirlo para que no suene “feo”?) muy “limitado de mente” para confundir “Poder hacer todo lo lógicamente posible” (proposición 1) con “No poder hacer lo lógicamente imposible” (proposición 2). ¡Son cosas distintas! Por ejemplo, yo no puedo hacer cosas lógicamente imposibles como dibujar un “círculo cuadrado” ¡pero eso no implica que sea capaz de hacer todo lo lógicamente posible! No puedo, por mencionar algo, llegar de un solo salto a Neptuno a pesar de que ello no sea lógicamente imposible (tal vez podría ser empíricamente imposible, pero no lógicamente). En otras palabras, todos estamos sujetos a la proposición 2 pero al mismo tiempo ninguno de nosotros es capaz de cumplir con lo de la proposición 1 así que es una tremenda estolidez (y obvia falacia de hombre de paja) el pretender ridiculizar la respuesta teísta como si implicara que “todos somos omnipotentes”. Y lo mismo vale para aquello de que “ninguno de nosotros puede (…) actuar contra su propia naturaleza”. Se trata de un principio al que estamos sujetos todos los seres ¡pero eso no nos hace omnipotentes! ¿Por qué? Debería ser obvio: porque nuestras naturalezas no abarcan la plenitud y sustento mismo del ser (que es el que constituye cualquier tipo de poder). Eso es exclusivo del Ser Subsistente, es decir, de Dios. Así, es propio del ser de Dios la “plenitud y totalidad del poder” y si hay algo que contraviene su naturaleza ¡es porque contraviene también al poder en sí mismo! De este modo, si Dios hiciera algo contra su naturaleza, como equivocarse, ello no demostraría más poder sino menos poder. Así que el que Dios “no pueda” hacer cosas fuera de su naturaleza ¡es demostración de poder! Caso distinto es con nosotros. El que no sea propio de nuestra naturaleza el poder llegar de un solo salto a Neptuno no es una demostración de poder sino de falta de poder.

3) Decir que “el crear algo tan grande que ni uno mismo pueda levantarlo no es algo lógicamente imposible” apelando a que lo “podemos ver en nuestra experiencia cotidiana (uno, por ejemplo, puede construir una casa que, obviamente, no será capaz de levantar)” es una total falacia de falsa analogía y también una falacia non sequitur. En efecto, no es un imposible lógico que yo pueda construir una casa que no sea capaz de levantar pero de ello no se sigue necesariamente lo mismo para un ser omnipotente. Para mostrarlo con claridad y contundencia partiré de la consabida pregunta de la paradoja de la omnipotencia, a saber, “¿Podría Dios crear una piedra tan pesada que ni siquiera Él mismo pudiera levantar?”, y la despojaré de elementos coyunturales (en este caso, la piedra). Así, la formulación en términos lógicos puros sería: “¿Podría un ser omnipotente generar algo que no sea capaz de hacer?”. Pero esto es equivalente a “¿Podría un ser que tiene por esencia la plenitud y totalidad del poder hacer de por sí algo que implique una limitación y falta de totalidad de ese poder?”. En otras palabras: “¿Podría un ser omnipotente no ser omnipotente?”. De este modo, desnudando a la paradoja de sus atavíos distractivos, queda en evidencia que ¡el absurdo y contradicción no radica en el concepto de omnipotencia sino en la pregunta retórica de cuestionamiento a la misma!

4) Se dice que “no es válido apelar al concepto mismo de omnipotencia para resolver la paradoja pues ello implicaría caer en una tautología”. Pues bien, acepto que resolver la paradoja de la omnipotencia implica tautología (que no es una falacia), pero ello no es culpa del teísta ¡sino del ateo por formular una pregunta tonta! En efecto, como hemos visto, despojada de disfraces como el ejemplo de la piedra, la paradoja de la omnipotencia en términos puros pregunta: “¿Podría un ser omnipotente no ser omnipotente?”. Si frente a ello yo respondo: “¡Pues obviamente que un ser omnipotente no puede no ser omnipotente por el mismo hecho de que es omnipotente!”, ello es una tautología (simple reafirmación de información ya conocida) pero no es mi “culpa” pues ¡frente a una pregunta tan obvia solo cabe una respuesta obvia! Y nótese como esto a su vez deja “sin piso” a la acusación de “redefinición” pues lo único que se está haciendo es reafirmar el concepto inicial, no cambiarlo. Pero entonces se insistirá en que para resolver la paradoja no se puede ni siquiera apelar al concepto de omnipotencia ya que esta “debe ser probada antes que supuesta”. ¡Pero eso sería un total absurdo! ¿Cómo se puede pretender que si se nos cuestiona la coherencia de un concepto ¡no podamos ni siquiera usar ese concepto para resolver el cuestionamiento!? Es como cuando hay ateos que cuestionan a creyentes cristianos con la Biblia ¡y luego se quejan de que estos creyentes usen la misma Biblia para refutar el cuestionamiento! Y es que cuando el teísta usa el concepto de omnipotencia para refutar la paradoja lo que en realidad está haciendo es ganarle al ateo en su propio juego. En efecto, en este contexto, no es el teísta el que arbitrariamente, “de la nada”, introduce el concepto de omnipotencia sino que es el ateo quien lo hace. Es el ateo quien, al formular la paradoja, comienza diciendo algo como: “¿Podría un ser omnipotente…?”. Por tanto, el teísta, al apelar al correcto entendimiento del concepto de omnipotencia, está tomando el mismo punto de partida que el ateo y mostrándole que no deviene en inconsistencia. Ni siquiera necesita demostrar la existencia real de un ser que se corresponda con el concepto porque aquí el argumento ateo es que el concepto de omnipotencia en sí mismo es absurdo, así que basta con asumir el solo concepto para demostrarle que no. Con ello queda refutado ese argumento en contra de la existencia de un ser omnipotente pero, por supuesto, de allí no estoy infiriendo que ya con eso queda demostrada la existencia de tal ser (si alguien me acusara de esto, me estaría difamando). Creo que se puede inferir de modo racional la existencia de un ser omnipotente pero por otros métodos. Básicamente mi metodología es la siguiente: 1) demuestro que por necesidad lógica el Ser Subsistente (Dios) debe ser omnipotente; 2) desarrollo argumentos que, partiendo de aspectos del mundo real, llegan a la conclusión racional de que realmente debe existir un Ser Subsistente; 3) por tanto, de (1) y (2) llego a que realmente debe existir el ser omnipotente. Así que dentro de mi metodología (que puede verse desarrollada en detalle a lo largo de mi libro ¿Dios existe?) puedo probar el concepto de omnipotencia antes que suponerlo. Pero, como se vio, ni siquiera ello es necesario para dejar bien refutado este argumento ateo.

En suma, es de verdad gracioso: hay ateos que pretenden cerrar todas las supuestas “escapatorias” teístas a la paradoja de la omnipotencia, pero en ello, luego de haber “corrido” rápidamente con diversas falacias, terminan encontrándose con múltiples “callejones” sin salidas. Por tanto, queda en evidencia que las referidas réplicas ateas a las respuestas teístas a la paradoja de la omnipotencia solo constituyen en conjunto una objeción burda. Pero en todo caso resulta beneficioso interactuar con ello pues así más teístas (y, esperemos, también ateos) pueden tener una comprensión más profunda de la noción de omnipotencia.

Referencias:

1. Dante A. Urbina, ¿Dios existe?: El libro que todo creyente deberá (y todo ateo temerá) leer, Ed. CreateSpace, Charleston, 2016, p. 184.

2. Dante A. Urbina, ¿Dios existe?: El libro que todo creyente deberá (y todo ateo temerá) leer, Ed. CreateSpace, Charleston, 2016, p. 31.

3. Cfr. C. S. Lewis, El Problema del Dolor, Magdalen College, Oxford, 1940, pp. 9-10.

4. Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 25, art. 4, rpta.

5. San Agustín, La Ciudad de Dios, Lib. V, cap. X.