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¿Todavía podemos creer en el amor?: Sobre eros, ágape, amor y enamoramiento

Pregunta

amor“Dante, sería interesante un debate sobre el tema del amor. Al respecto, ¿debemos creer en el amor (en ese estado de estupidez más allá de lo que nuestra especie suele reflejar)? Hoy en día parece que ese sentimiento (otrora apreciado por esa fiebre de Occidente) se ha instrumentalizado en todos sus relieves. Digo esto porque el intercambio de parejas hoy en día (se ve en los colegios y otras instituciones) nunca ha sido mayor, hay una rapidez en acortar los protocolos y lo impresionante es que al final no pasó nada. San Agustín decía que la única medida del amor es amar sin medidas, pero esta medida recae hoy en dimensiones muy plásticas. Y esa plasticidad genera un facilismo en la empatía, una cosificación de las emociones donde la mercancía como sustrato de placer está más desplegada que ese amor del que habla Pablo en 1 Corintios 13”.

EA – Rusia

Respuesta de Dante A. Urbina

Sumamente interesante tu opinión, la cual resume muy bien la situación del “amor” (sí, así entre comillas) en nuestra “civilización” (sí, también esto entre comillas) postmoderna. Para dar una respuesta y/o comentario pertinente al respecto considero necesario, siguiendo esa tradición tan marcada en los filósofos escolásticos y tan (lamentablemente) olvidada en los esquemas de pensamiento actuales, realizar ciertas distinciones, más aún cuando, como correctamente ha señalado Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas Est, “el término ´amor´ se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa” (1). En efecto, aunque en la concepción cristiana (subyacente a gran parte de la formación histórica de la cultura occidental) el amor se constituye como la esencia misma de Dios (cfr. 1 Juan 4:8) y, por tanto, en lo más excelso ontológicamente, hoy en día se le llama -sobre todo en los medios de comunicación- “amor” a prácticamente cualquier tipo de afectividad, incluyendo las situaciones más aberrantes (por ejemplo, la trama de varias telenovelas se estructura en que el esposo o la esposa “realmente ama” a su amante y raramente a su cónyuge, de lo cual devienen varios capítulos para morbo de la audiencia).

Ahora bien, la distinción clave a realizar aquí es entre eros y ágape. Sucede que los antiguos griegos utilizaban estos dos términos para referirse al amor, pero en sentidos claramente diferenciados. Así, el eros se refiere primariamente al “amor sexual” (de ahí el vocablo “erótico”) que se experimenta y manifiesta como una especie de “éxtasis” que va desde idealizaciones romanticonas como “sentir mariposas en el estómago” hasta cuestiones tan físicamente intensas como el orgasmo. De otro lado, el ágape se refiere a lo que en el fondo entendemos como “el amor auténtico” que se experimenta y manifiesta en términos de abnegación, responsabilidad, compromiso, sacrificio, etc.

Una distinción similar la encontramos en la tradición escolástica con Santo Tomás quien distingue el amor de concupiscencia del amor de benevolencia, siendo que el primero es el “amor posesivo” que quiere al otro para nuestro propio bien y el otro es el “amor oblativo” que se da a sí mismo con tal de procurar el bien del otro. En ese contexto, el aquinate escribe: “No todo amor tiene razón de amistad, sino el que implica benevolencia, es decir, cuando amamos a alguien de tal manera que le queramos el bien. Pero si no queremos el bien para las personas amadas, sino que apetecemos su bien para nosotros, como se dice que amamos el vino, un caballo, etc., ya no hay amor de benevolencia sino de concupiscencia” (2).

Asimismo, para que quede muy claro el marco de referencia (en una cuestión tan compleja como el amor ello es crucial), debemos entender la distinción entre amor y enamoramiento. Se dice comúnmente “El amor es un sentimiento”. Pero no, el amor no es un sentimiento, el amor es un acto de la voluntad (3). En efecto, el amor (es decir, lo que propiamente merece llamarse amor) no debe entenderse como un estado sensiblero o emocional sino como la determinación firme de buscar el bien de otro. Los sentimientos pueden acompañar o no al amor como efecto o circunstancia, pero no son su esencia ni parte necesaria de su definición. De este modo, lo que es un “sentimiento” no es propiamente el amor sino el enamoramiento.

Entendido todo esto, ya se puede pasar a responder pertinentemente la cuestión. “¿Debemos creer en el amor?”. La respuesta es: depende. Si por “amor” entendemos al auténtico amor, es decir, aquel que se corresponde o está unido al ágape, la benevolencia y la voluntad firme dirigida hacia el bien, la respuesta definitivamente es . Tal tipo de amor es el que lleva a la plena realización humana, un ser humano no puede tener verdadero sentido en su vida sino practica y/o experimenta de algún u otro modo tal tipo de amor. Pero si por “amor” entendemos al falso amor, es decir, aquel que se usa coloquialmente -dada la trágica “prostitución” del término- como reducido al eros, la concupiscencia y los sentimientos pasajeros sin mayor atención al compromiso, el bien o lo trascendente, la respuesta es definitivamente no. Confiar en tal cosa es lo más tonto que uno podría hacer pero, siendo el sentido común el menos común de los sentidos, la mayoría termina, de algún u otro modo o en algún u otro momento, confiando en ello pues, como decía Einstein, “solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana… y acerca del universo no estoy tan seguro”.

Y, en efecto, la estupidez no se acaba allí sino que gran parte de la gente, nuevamente de algún u otro modo o en algún u otro momento, habiendo fracasado en alguna experiencia “amorosa” (léase, de enamoramiento) se dice “El amor verdadero no existe”. Eso es tan tonto como aquello de la anécdota que se atribuye a Yuri Gagarin, el primer ser humano en viajar al espacio exterior, respecto de que al bajar de su nave dijo “No he visto a Dios”. Responderíamos: “Tal afirmación es una tontería, no puedes esperar ver a Dios, un ser no-físico, en un viaje en el espacio físico”. Pues bien, algo similar hay que responder a aquellos que se decepcionan “del amor” (como si “el amor” tuviera la culpa de algo): “Tonto, ¿cómo esperas encontrar el auténtico amor si te la pasas en el sexo, las concupiscencias y/o en el puro enamoramiento sensiblero?”.

Una paradoja similar sucede con la búsqueda de pareja. Vemos a mujeres quejándose de que “Todos los hombres son iguales” y a hombres quejándose de que “Las mujeres son traicioneras”, pero allí debemos preguntarnos: ¿dónde y cómo busca pareja este tipo de personas? Y nos encontramos con que en varios casos se entrometen con alguien que conocieron en la discoteca o en una fiesta, el tipo que le supo “hablar bonito” en el centro de estudios o trabajo, o la chica que tiene “mejores piernas, etc.” (no me explayo en este punto, “a buen entendedor, pocas palabras”). Qué absurdo: buscan “amor” con los parámetros de la concupiscencia y pretenden obtener una felicidad que se deriva de modo consistente solo del amor de benevolencia.

Así que el auténtico amor tiene necesariamente que ser maduro. Aunque a muchos pueda “golpear” esta frase, la escribiré, cual dictum: una persona que no es madura simplemente no puede amar. Vemos decenas de casos de jovencitas que dicen que “aman” a un muchacho: falso, solo están enamoradas, pues al no ser maduras no pueden llegar propiamente a amar. De ahí que el auténtico amor esté inextricablemente unido a la responsabilidad: solo puede amar el que está dispuesto a hacerse responsable, a comprometerse, a sacrificar… Esto es lo que tanto enfatizaba el papa Juan Pablo II a los jóvenes para que puedan vivir un auténtico amor al punto que escribió un libro entero sobre ello: Amor y Responsabilidad (4).

Para entender todo lo anterior con más claridad, veamos una parábola: “El que me oye y hace lo que yo digo es como un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca. Vino la lluvia, crecieron los ríos y soplaron los vientos contra la casa; pero no cayó porque tenía su casa sobre la roca. Pero el que me oye y no hace lo que yo digo, es como un tonto que construyó su casa sobre la arena. Vino la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos y la casa se vino abajo. ¡Fue un gran desastre!” (Mateo 7:24-27). Ahora apliquémoslo a la relación de pareja y, de modo incluso más eminente, al matrimonio. La gente que construye su familia o su experiencia acerca del amor con base en el gusto sexual o la emoción pasajera es como el hombre insensato que construye su casa sobre la arena. Cuando vengan las lluvias y vientos de las tentaciones de infidelidad, los problemas económicos, los conflictos de convivencia, el tedio, etc., la casa se vendrá abajo. En cambio, aquel que construye sobre la base sólida de un amor maduro y un auténtico compromiso, habiendo hecho su elección de pareja no por mera pasión o gusto sino también atendiendo a criterios racionales y espirituales, es como el hombre prudente que construyó su casa sobre la roca, la cual no cayó pese a la tempestad. Por supuesto, siempre habrá la posibilidad de que los seres humanos fallemos pues somos eso: humanos. Pero todo hombre racional tiene que conceder que es muchísimo más probable que llegue a “buen puerto” una relación de pareja construida en base a la voluntad firme (amor) a que lo haga una construida en base al sentimiento voluble (enamoramiento).

Paso ahora a dar unos breves comentarios sobre las frases utilizadas en la consulta:

“El amor (…) ese estado de estupidez más allá de lo que nuestra especie suele reflejar”: Si nos referimos al auténtico concepto de amor, que ya se explicó, la caracterización es errada. Pero si a lo que se busca hacer referencia (como es que parece) es al segundo concepto de “amor”, la caracterización es perfectamente pertinente.

“Hoy en día parece que ese sentimiento (otrora apreciado por esa fiebre de Occidente) se ha instrumentalizado en todos sus relieves”: Remarcando que lo que en verdad merece llamarse amor no es un sentimiento, se puede decir que, en efecto, nuestra sociedad postmoderna ha trivializado absolutamente esta noción. O se lo reduce a una sensiblería utópica y tonta (el “… y vivieron felices para siempre” con el que se nos adoctrina desde niños con los “cuentitos de hadas” haciendo que quede fuera de nuestro marco de referencia sobre el “amor romántico” las cuestiones de la abnegación, el saber estar “en las buenas y en las malas”, etc.) o se lo presenta como el frenesí erótico y “liberador” (esto, por supuesto, viene de lo que inició la llamada “Revolución sexual” en la década de los 60 con su idea del “amor libre” que hoy en día ha devenido en la esclavización de los jóvenes a sus propias pasiones o a las de otros… “siembra vientos y cosecharás tempestades”).

“Digo esto porque el intercambio de parejas hoy en día (se ve en los colegios y otras instituciones) nunca ha sido mayor, hay una rapidez en acortar los protocolos y lo impresionante es que al final no pasó nada”: Correcto si por “intercambio” de parejas se hace referencia a quien, por ejemplo, termina una relación “amorosa” y a la semana inicia otra (la otra acepción estaría relacionada con el intercambio de parejas en una misma relación sexual, lo cual, entiendo, aún no es una práctica muy extendida en los colegios… aunque quién sabe…). Y, en efecto, estamos en la sociedad de lo desechable. Compro un modelo de teléfono móvil, lo uso, pasa de moda, lo desecho; estoy con una chica, la “uso” (a buen entendedor, pocas palabras), me aburro, la dejo: he ahí el principio del tipo de sociedad en que hemos devenido. De otro lado, es interesante el uso del término “acortar protocolos”. Los protocolos son básicamente reglas que debe seguirse para hacer las cosas bien. Si no se siguen correctamente los protocolos, es probable que las cosas salgan mal. Ahora bien, en esta sociedad que “acorta protocolos” (desde ya se nos adoctrina para eso en las películas donde el joven recién conoce a la muchacha y unos pocos instantes después ya están en la cama) pareciera que no muchas cosas salen del todo bien, ¿verdad?

“San Agustín decía que la única medida del amor es amar sin medidas, pero esta medida recae hoy en dimensiones muy plásticas”: Todo lo material tiene medidas, así que solo el amor espiritual puede ser “sin medidas” y a ello se refería San Agustín. En cambio, en nuestra suciedad, perdón, sociedad, el amor se asume únicamente en lo sensitivo, sexual, material… Y, por supuesto, ello recae en “dimensiones muy plásticas”. Este último término también resulta interesante: lo plástico no tiene consistencia, no tiene propiamente identidad, es moldeable… Oh, ¿pero de qué hablamos? ¡Estamos en la época en que las mujeres se ponen senos y trasero “plástico”! Y, claro está, no nos olvidemos de los varones que usan anabólicos para verse “musculosos”. He ahí nuestra “bonita” sociedad postmoderna que ha escupido sobre su pasado cristiano (“tonterías medievales”, le dicen).

“Y esa plasticidad genera un facilismo en la empatía, una cosificación de las emociones donde la mercancía como sustrato de placer está más desplegada que ese amor del que habla Pablo en 1 Corintios 13”: Exactamente. Ahora todo se compra, todo se vende. El amor ya no es más algo “sagrado”, y menos aún la familia, el matrimonio o el compromiso. Estamos  en el reino de la concupiscencia. La benevolencia ya es solo cosa de ONGs, en la “vida práctica” hay que ser “fríos” y “saber vivir el momento” de modo que “nos aprovechemos de los otros sin que se aprovechen de nosotros”. Ya nadie está dispuesto al compromiso, el sufrimiento o la abnegación. Y con eso nuestra sociedad ha construido las condiciones para hacer parecer como algo “loco” o “extraño” la vivencia de aquel amor que “es bondadoso, no tiene envidia, no presume, ni es orgulloso, ni grosero, ni egoísta; que no se enoja ni guarda rencor; que no se alegra de las injusticias, sino de la verdad” y que es capaz de “sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo” (1 Corintios 13:4-7). Así, estamos en una situación donde “el eros, degradado a puro ´sexo´, se convierte en mercancía, en simple ´objeto´ que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía” (5).

Pues bien, habiendo llegado al final, es pertinente hacer tres aclaraciones:

Primero, que, como se puede fácilmente inferir, toda esta respuesta la doy desde una perspectiva filosófica cristiana. Y el Cristianismo tiene dos proposiciones claves: 1) que Dios es amor y nosotros podemos vivir plenamente ese amor desde esta vida por medio de su gracia; y 2) que estamos en general en un mundo pecaminoso, que se ha construido y se desarrolla fuera del orden del amor. La consecuencia de ambas proposiciones es que sí es posible vivir el verdadero amor pero ello por supuesto implicará una lucha y “darle la contra” al mundo. Así que el auténtico amor y el Cristianismo es asunto de valientes, solo lo pueden asumir aquellos que sean capaces de convertirse en la “oveja negra” a juicio de este mundo. Pero no tengamos miedo, pues Dios mismo es más fuerte que todo eso y con su gracia nos hará vencer. Él mismo dijo: “En el mundo ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Juan 17:33). Ahora, alguien podría decirme: “Bueno, pero todo eso que dices no me sirve porque soy ateo”. Ante eso respondo: “Ok, bueno, si Dios no existe los seres humanos no tenemos propiamente un espíritu trascendente a la materia sino que somos simplemente animales más evolucionados y sofisticados que buscan satisfacer sus apetitos en un mundo más o menos hostil: ese es el contexto que te quedaría para el amor y ante ello no puedo darte más solución pues ese es el drama del ateísmo. Así que mejor te recomiendo reevaluar tu ateísmo o conformarte con tal tipo de visión con todo y el ´callejón sin salida´ en el que nos deja”.

Segundo, que del hecho de que esté afirmando tan rotundamente el ágape no debe inferirse que haya que eliminar absolutamente el eros. Lo que hay que hacer es purificarlo. O sea, lo que podríamos llamar agapización del eros. Al respecto, dice la encíclica Deus Caritas Est: “En realidad, eros y ágape -amor ascendente y amor descendente- nunca llegan a separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor en general. Si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente, ascendente -fascinación por la gran promesa de felicidad-, al aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí mismo, para buscar cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará ser-para el otro. Así, el momento del ágape se inserta en el eros inicial” (6).

Tercero, que mi respuesta lo es desde el análisis filosófico y sociológico. No pretendo que lo que digo sea emocionalmente tranquilizador sino más que nada racionalmente consistente pues hablo aquí más como analista filosófico que como terapeuta psicológico. Dejo aquí, pues, para el lector, un conjunto de principios, reglas, ideas, esquemas… ya es cuestión de cada uno cuán sabiamente usa ello.

Referencias:

1. Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 2005, n. 2.

2. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIae, q. 23, art. 1, rpta.

3. Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIae, q. 24, art. 1.

4. Karol Wojtyla, Amor y Responsabilidad, Ed. Plaza & Janés, Barcelona, 1996.

5. Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 2005, n. 5.

6. Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 2005, n. 7.