
A continuación, comparto un fragmento del capítulo 1 de la Parte I de mi libro “¿Dios existe?”. Puedes conseguir el libro completo (en físico o virtual) aquí: https://www.amazon.com/Dante-Urbina-ebook/dp/B01AYOPQUU
Por lo que respecta a su naturaleza y alcances, las demostraciones de la existencia de Dios que aquí presentaremos se caracterizarán por:
1) Ser razonables
Aquí presentaremos pruebas razonables que puedan convencer razonablemente a las personas razonables. No es nuestro objeto el elaborar aquellas (pretendidas) pruebas absolutamente certeras que convenzan a los ateos y agnósticos irracionalmente obstinados. Eso es simplemente imposible. Cuando la voluntad rechaza lo que sabe el intelecto ya no tiene sentido argumentar. Como decía San Agustín: “Para quien quiera creer tengo mil argumentos, pero para quien no quiera creer no tengo ninguno”.
Y es que solo se puede razonar con personas razonables. En consecuencia, no es pertinente ni necesario que el teísta se desgaste en demostrarle con certeza absoluta la existencia de Dios al ateo obstinado. Basta con que le dé pruebas racionales mostrándole que el teísmo se constituye como una visión del mundo mucho más racional que el ateísmo ya que al final de cuentas uno no puede tener una certeza absoluta de nada, pero aun así se basa en lo que es razonable y actúa en consecuencia.
Por ejemplo, yo no puedo hacer una demostración absolutamente certera de que va a existir el día de mañana. Bien podría suceder, por ejemplo, que el universo se destruya por una causa desconocida por los científicos. No tengo cómo demostrar con certeza absoluta que eso no va a suceder. Pero aun así pienso razonablemente que eso no sucederá y actúo en consecuencia. Sería muy tonto que dijera: “Bueno, dado que no puedo demostrar con certeza absoluta que va a existir el día de mañana no tengo porqué alistar mis cosas”. No obstante, esto no es muy distinto del caso del ateo o el agnóstico que dice (o piensa): “Dado que no se me ha demostrado con certeza absoluta que Dios existe seguiré viviendo mi vida como si Él no existiera”. Eso no es ser razonable. Y es que si bien es cierto que no podemos tener certeza absoluta de nada y que en última instancia todo tenemos que creerlo por fe, también es cierto que hay algunas “fes” que son más racionales que otras y –como demostraremos a lo largo de este libro– el ateísmo se constituye como una “fe” especialmente irracional (o incluso anti-racional).
2) Ser filosóficas
Las pruebas de la existencia de Dios que presentaremos en este libro serán ante todo filosóficas. En consecuencia, quien busque demostraciones directamente científicas quedará desilusionado, y no por culpa nuestra. Y es que es un gran error de rango epistemológico el pensar que la ciencia puede por sí misma probar o refutar la existencia de Dios. Él, por su intrínseca naturaleza, no es un engranaje más de lo existente y, por ende, no se lo puede asimilar de modo coherente a las solas causas que actúan al alcance de telescopios o microscopios. Luego, es absurdo pedir una prueba directamente científica de la existencia de Dios.
En otras palabras: la cuestión de la existencia de Dios no es propiamente una cuestión de física sino más bien de metafísica puesto que, como decía el Juan Pablo II, “la ciencia no puede por sí misma resolver dicha cuestión; hace falta ese saber del hombre que se eleva por encima de la física y de la astrofísica, y que recibe el nombre de metafísica” [1].
Ello no significa de ningún modo que no apelaremos a los avances de la ciencia para iluminar la cuestión. Todo lo contrario. Este libro buscará demostrar que las pruebas filosóficas de la existencia de Dios son absolutamente compatibles con la evidencia científica que manejamos actualmente. Según expresamos, nuestra metodología será partir de hechos de la realidad sensible para demostrar la existencia de Dios y, por consiguiente, es evidente que tenemos que apelar al conocimiento científico disponible para ilustrar mejor las premisas de partida y responder a las objeciones. No obstante, hay que remarcar quede todas maneras la validez de nuestro razonamiento depende ante todo de lo razonablemente establecido por la filosofía en general y no de lo provisionalmente establecido por la ciencia en particular. La ciencia puede cambiar, pero aun así podremos seguir concluyendo con igual rigor metafísico que Dios existe.
Precisamente en virtud de lo anterior es que tenemos ciertas reservas respecto de la metodología de un apologista tan famoso como William Lane Craig pues este en sus exposiciones hace depender demasiado los argumentos teístas de los avances científicos. Y justamente en su debate contra Sean Carroll un miembro del público le cuestionó directamente eso aduciendo que tal forma de argumentación es imprudente y, a su vez, que las cinco vías de Santo Tomás de Aquino constituyen un enfoque más sólido, seguro y consistente. Frente a ello Craig, en lugar de abordar directamente la real problemática que se le planteó (que sus argumentos pueden devenir en frágiles por cuanto dependen en gran parte de una ciencia que puede cambiar con idas y venidas en sus conclusiones), se centró en criticar a Aquino diciendo que había puesto el estándar “demasiado alto” y que “los propios principios metafísicos de Tomás de Aquino son altamente dudosos” por lo que tiene “poca confianza” en que sean “demostraciones” [2]. En realidad, discrepamos muy fuertemente de Craig en este punto: como mostraremos, entendidos correctamente en su contexto y lenguaje, los argumentos de Tomás de Aquino son filosóficamente muchísimo más profundos que las formulaciones que maneja Craig. De hecho, el mismo Craig no se da cuenta de que se está “disparando en el pie” al criticar a Aquino pues, por un lado, dice que los principios metafísicos de este son “altamente dudosos” pero, por otro lado, ¡usa estos principios en sus propios argumentos (como, por ejemplo, el principio de causalidad y el de contingencia)!
En todo caso, donde más claramente se ven las divergencias metodológicas entre nuestro enfoque tomista y el enfoque de Craig es respecto del argumento teleológico. Mientras aquí lo formulamos en términos generales en base a la quinta vía de Santo Tomás de Aquino, Craig lo hace depender completamente de la llamada “evidencia del ajuste fino”. Así, lo que para nosotros es un buen ejemplo particular para ilustrar el argumento filosófico general ya establecido, es para Craig la premisa de partida de la que depende todo su argumento. Como mostraremos más adelante, la formulación de Aquino, al ser más profunda, se cumple con todo su rigor incluso en un posible caso de multiversos, lo cual no necesariamente sucede con el argumento de Craig. Y algo similar se da respecto del argumento cosmológico. Formulado en términos de la segunda vía, este argumento no requiere que el comienzo del universo haya sido en la singularidad del Big Bang (podría haber sido antes o de otro modo) ni tampoco depende del teorema Borde-Guth-Vilenkin. Se tratan simplemente de ejemplos (que más adelante explicaremos) para ilustrar el argumento filosófico general que es independiente de los mismos. No parece suceder lo mismo con el caso de Craig. En consecuencia, los argumentos tomistas, dada su profundidad metafísica, son más convenientes pues mantienen básicamente su validez requiriéndose solo actualizar los ejemplos e ilustraciones de los mismos a la luz de la ciencia y los nuevos descubrimientos, pero sin tener que variar demasiado la formulación.
3) No reemplazar al conocimiento y la relación personal con Dios
Finalmente, la que de seguro es la más importante de todas las aclaraciones que realizaremos en la presente obra, a saber: que convencerse racionalmente de que “Dios existe” ¡no significa necesariamente “conocer a Dios”! Se trata de cosas distintas. Por ejemplo, yo puedo llegar a saber de modo muy razonable que existe un tal Juan Pérez conversando con gente que lo conoce, consultando su partida de nacimiento o buscándolo en el Internet, ¡pero eso no significa que yo realmente conozca a Juan Pérez!
Tal vez alguno piense que esta aclaración es trivial. Pero no. Es de la máxima importancia. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si Juan Pérez fuera la persona más importante y maravillosa del universo?, ¿o si fuera la única persona que le puede dar un sentido real a mi vida?, ¿o si fuera la única persona que me puede hacer verdaderamente feliz?, ¿o si fuera el fundamento mismo de la felicidad? ¿Me conformaría acaso solo con “saber que existe”? ¿No buscaría por todos los medios posibles tener una relación personal con él? ¿No sería acaso él lo más importante que habría en la vida? Pues bien, para nuestro caso “Juan Pérez” es Dios.
Por tanto, es de capital importancia que los creyentes que se sumerjan en el estudio de la apologética (defensa racional de la fe) nunca olviden la siguiente advertencia del propio William Lane Craig: “La creencia en Dios es, para aquellos que lo conocemos, una creencia correctamente básica basada en nuestra experiencia de Dios. Ahora bien, si esto es cierto existe el peligro de que los argumentos de la existencia de Dios podrían realmente distraer nuestra atención de Dios mismo. (…) Por tanto, no debemos concentrarnos en los argumentos externos de una manera tal que no seamos capaces de oír la voz interior de Dios en nuestro corazón” [3].
“Solo existen dos clases de personas que puedan llamarse razonables: aquellas que sirven a Dios de todo corazón, porque le conocen, y aquellas que buscan a Dios de todo corazón porque no le conocen”, decía el filósofo y matemático francés Blaise Pascal [4]. Así pues, quien conozca a Dios aproveche esta obra para servirle de todo corazón por medio de la predicación apologética, ayudando a sus hermanos ateos para que se acerquen a Él. Y quien no lo conozca sírvase de la presente obra para comenzar a buscarle de todo corazón.
Referencias
1. Juan Pablo II, Discurso a los Participantes en la Sesión Plenaria de la Pontificia Academia de Ciencias, 3 de octubre de 1981.
2. William Lane Craig, “Dios y Cosmología”, debate contra Sean Carroll, Greer-Heard Forum, 21 de febrero del 2014, ronda de preguntas.
3. William Lane Craig, “¿Dios existe?”, debate contra Christopher Hitchens, Universidad de Biola, 4 de abril del 2009, discurso de apertura.
4. Blaise Pascal, Pensamientos, Ed. Espasa-Calpe, Madrid, 2003, nº 194.









