¿De qué vale el sacrificio de Jesús si Él sabía que iba a resucitar?

Pregunta: “Hola, Dante. Un gusto poder saludarte. Quisiera algún argumento de tu parte sobre una cuestión. Resulta que varios escépticos dicen que el sacrificio de Jesús carece de valor pues si era un simple mortal su sacrificio carecería de poder redentor y si era Dios es obvio que sabía perfectamente que iba a resucitar, de modo que su muerte sería análoga al caso de una persona que dijera “Voy a donar todo mi dinero a la caridad” sabiendo que a la semana siguiente se le reintegraría todo el monto, es decir, no tendría mérito. Muchas gracias desde ya y felicidades por tus libros, son muy buenos”.

LJ – Ecuador

Respuesta de Dante A. Urbina

En efecto, muchos escépticos de bajo nivel intelectual plantean este tipo de objeción que no es más que una estolidez. Respecto de que Jesús sea un simple mortal, ya he refutado con detalle esa idea en mi desarrollo de la “segunda vía para demostrar la veracidad del Cristianismo”, esto es, el “trilema de Lewis”, en mi libro ¿Cuál es la religión verdadera?: Demostración racional de en cuál Dios se ha revelado (1). Lo que se demuestra es que la única opción razonable para la identidad de Jesús a la luz de las evidencias es que sea efectivamente Dios. Realicé también una presentación resumida de este argumento en mi discurso de apertura en el debate “Cristianismo vs. Islam: ¿Cuál es la religión verdadera?”, así que puede verse allí (2).

Ahora bien, estando establecido que Jesús no es un mero hombre sino Dios hecho hombre se plantea la cuestión de cómo podría tener valor su sacrificio si es que Él sabía que iba a resucitar. La verdad es que tal cuestionamiento muestra que quien lo hace sigue un análisis muy superficial. En primera instancia, siendo que Cristo vino a morir por nuestros pecados, hay que notar que Dios no nos debe absolutamente nada. Fuimos nosotros quienes nos perdimos y libremente elegimos alejarnos de Él, así que cualquier cosa que haga Dios en favor de nosotros, no importa cuán mínima sea, ya es muchísimo. Nosotros nos hicimos sus enemigos por medio del pecado así que todo lo que haga Él por nosotros ya expresa la mayor magnanimidad. Así lo expresa el apóstol Pablo: “Pero Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. (…) Dios, cuando todavía éramos sus enemigos, nos puso en paz consigo mismo” (Romanos 5:8,10).

En segunda instancia, hay que considerar que Dios en su esencia trascendente existe en un estado de absolutamente incomprensible felicidad. Por tanto, cualquier alejamiento respecto de eso ya es bastante. Si nosotros mismos ya sufrimos bastante al tener que levantarnos de la cama, saliendo de nuestro estado de confort al dormir, ¡cómo no será de notar que el Ser que vive en absoluta felicidad se tome el trabajo de venir a nosotros a salvarnos! Precisamente los primeros cristianos entendieron muy bien esto, como se refleja en el Himno a Cristo: “Cristo Jesús (…) existiendo en la forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a la que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz” (Filipenses 2:5-8).

Y es aquí donde viene el tercer y más importante punto: la muerte de Cruz. Apelando a que Él sabía que iba a resucitar al tercer día, se compara el sacrificio de Cristo con el caso de una persona que dona todo su dinero a la caridad sabiendo que a la semana siguiente se le reintegraría todo el monto. ¡Tremenda estolidez! Pongámoslo con una analogía. Supongamos en un contexto antiguo de sociedad esclavista que un hombre rico y a la vez muy cruel tiene dos esclavos. Uno de los esclavos, por descuido, rompe un jarrón muy preciado para su amo. Sabe que el castigo que le espera será muy duro: unos 10 latigazos y 2 días sin comer. Pero su compañero, también esclavo, que lo quiere mucho, decide asumir la culpa. Y así lo hace: recibe los 10 latigazos y pasa 2 días de comer. Luego de ello vuelve a encontrarse con su compañero, el culpable, el cual le dice: “Bueno, en realidad tu sacrificio no implicó mérito alguno pues tú desde el comienzo sabías que los 10 latigazos no te iban a doler de por vida sino solo un tiempo breve y, además, que pasados dos días volverías a comer”. ¡Cuán ciego, ingrato e insensato sería quien razone así! Pues bien, resulta que esa es la misma línea de “razonamiento” de la objeción escéptica. Jesús no tuvo una muerte sencilla y natural como para que se piense que su resurrección habría sido como si alguien se hubiera quedado plácidamente dormido durante tres días para luego despertar cómodamente. Todo lo contrario: la muerte de Jesús fue horrible en grado sumo.

A continuación, cito en extenso el artículo “Semana Santa: ¿Cuánto sufrió Jesús en su Pasión y muerte?” de una fuente secular como lo es el diario ABC: “Han pasado más de dos mil años, y en este tiempo es abultada la documentación científica e histórica que trata de acercarse a los aspectos médicos de la muerte de Jesucristo. (…) Los escritores sagrados ya plasman lo acaecido en el Huerto de los Olivos o Getsemaní. Aquí, fue tal el grado de sufrimiento moral, que presentó como manifestación somática el sudor de sangre, o hematidrosis, «sudor de sangre que le cubrió todo el cuerpo y corrió en gruesas gotas hasta la tierra» (Lucas 22:43). Jesús, aún sabiendo lo que le esperaba, manifestó una angustia intensa tal que sudó sangre. (…) Comparte el catedrático de Fisiología Santidrián: «San Lucas, médico, escribe en su evangelio que Jesús sudó sangre y que ésta empapó la tierra del suelo del Huerto. Lo cierto es que describe una hematidrosis, situación extremadamente rara que se ha descrito en personas en las horas previas a una ejecución cierta, irrevocable y extremadamente cruel». (…) Los expertos consultados hablan de los 39 latigazos (…). La flagelación es la romana, llamada «verberatio», y que se aplicaba solamente a esclavos y soldados rebeldes. Se practicaba con el flagrum (flagelo o azote) y era tan brutal que a veces por sí sola ya provocaba el deceso. (…) Los soldados romanos, que iban escupiéndole para hacer más grande su humillación, le pusieron una corona de espinas. (…) Costumbre romana también para los que habían perdido todos sus derechos ciudadanos era obligarle a cargar la cruz, durante un recorrido de algo más de medio kilómetro, hasta lo alto del monte Gólgota (…). Al ser colgado en la cruz, con clavos de doce centímetros de largo en los talones y muñecas que le sujetaban al patíbulo, «Jesús sufrió los dolores más terribles que conoce la humanidad –remacha Zugibe-, ya que con el más mínimo movimiento en la cruz, el dolor se extendía por todo el cuerpo como un golpe de corriente» y fuertes contracciones. (…) En la cruz, la posición de estar clavado hace muy difícil la respiración. Cada movimiento, como un espasmo natural hacia arriba para poder tomar aire, se convertiría en un dolor inescrutable. Los doctores dan su opinión médica acerca de que el efecto principal de la crucifixión era la interferencia con la respiración normal (…), cada esfuerzo de respiración se volvería fatigoso y eventualmente llevaría a la asfixia, luego al fallecimiento. Tendría además una sed irreparable, fiebre y el dolor derivado por la inflamación alrededor de cada herida abierta por los azotes y los clavos. Con falta de oxígeno, sin respirar bien, el clavado empujaba hacia arriba con los pies para permitir que los pulmones se expandieran, por lo que se escogía entre respirar (hipoxia pulmonar) o dejar caer el cuerpo agotado por el cansancio. (…) «Incluso la brisa le dolería», ilustran algunos médicos. De todas las muertes, la de la cruz era la más inhumana, suplicio infamante que en el imperio romano se reservaba a los esclavos” (3).

Vemos, pues, que el dolor que padeció Jesús fue absolutamente terrible. Pero resulta que lo que se acaba de describir ¡no es el peor dolor que experimentó! Allí solo se ha descrito el dolor físico, pero el más grave de todos es el dolor espiritual. Cristo, al morir por nosotros, lo hizo con plena conciencia, sabiendo exactamente y con todo detalle, desde su omnisciencia (cfr. Juan 21:17), por qué moría. De este modo, Jesús vio todos los pecados de la historia de la humanidad. ¡Esa visión es tan pero tan pero tan terrible que nadie podría imaginar siquiera la milésima parte sin volverse loco! Imagina que ves cómo golpean, insultan, vejan y matan a la persona que más amas; ¡pues Jesús, que nos ama infinitamente, vio todos los golpes, insultos, vejaciones y matanzas! Imagina que ves cómo la persona que más quieres va por el mal camino, llevando una vida criminal y malvada; ¡pues Jesús vio a todos aquellos que se desviaron volviéndose criminales y malvados! Imagina que la persona que más amas rechaza tu amor, ¡pues Jesús vio a todos aquellos que lo rechazaron y rechazarían! Imagina que te ves obligado a ver lo que más asco te da, ¡pues Jesús, siendo perfectamente santo y puro vio, todos los horrendos pecados!

El sacrificio de Cristo es, pues, absoluto. Él dio la vida por sus enemigos. Por eso dice San Pablo: “Pido que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo; en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento, para que sean llenos de la plenitud de Dios” (Efesios 3:17-19). Si, frente a todo esto, alguno insiste en que el sacrificio de Cristo no tiene mérito alguno, o no tiene corazón o no tiene cerebro.

Referencias:

1. Dante A. Urbina, ¿Cuál es la religión verdadera?: Demostración racional de en cuál Dios se ha revelado, Ed. CreateSpace, Charleston, 2018, pp. 91-101. (http://danteaurbina.com/cual-es-la-religion-verdadera-demostracion-racional-de-en-cual-dios-se-ha-revelado/)

2. Dante A. Urbina vs. Nureddin Cueva, “Cristianismo vs. Islam: ¿Cuál es la religión verdadera?”, debate realizado en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima – Perú), 2 de julio del 2014. (Video en: https://www.youtube.com/watch?v=7L1my6NsfqA)

3. Érika Montañés, “Semana Santa: ¿Cuánto sufrió Jesús en su Pasión y muerte?”, ABC, 11 de agosto del 2015.

Dante A. Urbina

Dante A. Urbina

Autor, conferencista y docente especializado en temas de economía, filosofía y teología. Seleccionado entre los mejores jóvenes investigadores del mundo para participar en la Reunión de Premios Nobel de Economía en Lindau (Alemania). Todos sus libros han estado en entre los más vendidos de su categoría en Amazon.
Dante A. Urbina

Dante A. Urbina

Autor, conferencista y docente especializado en temas de economía, filosofía y teología. Seleccionado entre los mejores jóvenes investigadores del mundo para participar en la Reunión de Premios Nobel de Economía en Lindau (Alemania). Todos sus libros han estado en entre los más vendidos de su categoría en Amazon.